Si empezás un curso, te reunís con tus excompañeros del colegio y tu hijo empezó judo, seguro has inaugurado tres grupos en WhatsApp esta semana. Y estos se suman a unos cuantos más. Todo empezó siendo un facilitador. Si estamos conectados y en línea, nada puede ser más fácil. Aquello que llevaba días o meses hacer circular se resolvía en minutos.

Pero entonces, como todo lo que parece brillar y lucir fantástico, empieza a mostrar su lado más oscuro. El grupo de padres del colegio ya no solo sirve para informar sobre cuestiones vinculadas a los chicos, sino que es usado para vender seguros en un momento y para un debate pedagógico en otro. Lo que fue un intercambio inicial de fotos antiguas con excompañeros pasó a ser un grupo con cadenas de mensajes, fotos subidas de tono y bromas pesadas. Y nadie se atreve a irse del grupo.

Esta es la historia mientras estamos dentro de los grupos, porque otra historia es estar afuera. Ahí es el turno del bullying de WhastsApp: cuando dejamos afuera a alguien armando un nuevo grupo (algo así como “todos menos fulano”). Porque no nos gusta como es, no lo queremos en todo momento con nosotros, no compartimos sus ideas, no nos cae bien, es el nuevo, no tiene onda. Somos integrantes de muchos grupos y en mayor o menor medida excluidos de otros, sin saberlo muchas veces o intuyéndolo otras.

¿Pero dónde está escrito el código de relaciones interpersonales de WhatsApp? ¿Hay un protocolo? Generalmente extendemos conductas aprendidas en el mundo off line, parte de la comunicación escrita tradicional o de emails, parte de la comunicación verbal.

Los grandes grupos, cuando la participación es muy alta o se buscan consensos, se tornan inmanejables. Los tiempos de los integrantes son muy distintos, las intensidades de participación también, y aparece la agresión.

Cuando dos o más personas empiezan a discutir en los grupos, lo hacen sin tomar en cuenta ninguna de las normas sociales aprendidas. Ya sea la privacidad, moderar el tono, la empatía con la situación, o a quiénes puede afectar lo que estoy diciendo o escribiendo. Quizás esta sea la gran pregunta: ¿en WhatsApp hablo o escribo? Y no me refiero a los mensajes de voz, sino al cómo de la comunicación.

Usamos la mayúscula para “gritar”, los emoticones para dar entonación o transmitir estados de ánimo; nos creamos un nuevo modo de lenguaje que camina en un límite muy finito entre la expresión escrita, la oral y las emociones sintetizadas. Como todas las creaciones sociales que no responden a un único patrón y son nuevas, no sabemos cómo usarlas, su alcance y su definitiva interpretación. La mayoría de nosotros dudó en algún momento dudó, y en otro sentimos que nos equivocamos o no sabemos cómo actuar.

Escribimos y hablamos desde el sentido que le damos a nuestras emociones, pero nuestro interlocutor no necesariamente recibe lo mismo, porque lo “escucha” desde su propio patrón de comprensión de las emociones y sentimientos.

Estoy en un grupo, pero en la soledad de mi casa, de mi trabajo o de mi día. En esa situación individual en que se responde y se conversa, todo vale. Grito, insulto, pelea, descontento, alegría, festejo y emoción. No hay reglas y no hay consenso sobre qué, cómo y cuándo.

Nos olvidamos en el fragor de la respuesta, de la comunicación, que somos nosotros, con nuestras ideas, valores, creencias y afectos los que nos estamos mostrando y exponiendo. Le damos a los grupos una entidad que no tienen. No salvan al planeta, no son ateneos científicos, no resuelven el programa pedagógico del colegio ni son una reunión de consorcio.

No escribamos o digamos nada desde el anonimato de las redes que no podamos sostener cara a cara.

Por Lic. Sandra Ojman

 

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