Llegó al rubro gastronómico, como él cuenta, “de casualidad”. Sin embargo, ahí descubrió un mundo que le permitió crecer y madurar. En 1986, un mozo de Down Town Matías le comentó que había una vacante como lavaplatos. En ese momento, él se animó a dejar su trabajo y comenzar un recorrido en el local que lo vería crecer. Su trayecto estuvo lleno de posibilidades y “saltos de confianza”, pero su seguridad en sí mismo lo llevó a aprender y progresar. A los seis meses de haber comenzado, empezó a adquirir conocimientos en la cocina y trabajó en esa área durante un año y medio. Alrededor de esa época, surgió su segunda oportunidad: el barman del local renunció, y se abrió una vacante para cubrir el puesto del ayudante de barman. Pedro, siempre inquieto, ya había comenzado a interiorizarse en el tema: “Yo siempre le daba una mano al ayudante para cargar la heladera y estaba empezando a aprender el movimiento de la barra”, analizó.

Sin embargo, apostar por esta posición implicaba arriesgar el lugar que él tenía. “Era una movida jugada, porque para que me probara como ayudante de barman tenía que dejar mi lugar y la dueña de ese momento tenía que contratar a otra persona para reemplazarme. Pero yo dije: «no se preocupen; confío en mi propia capacidad»”.

Su confianza lo llevó a buen puerto, ya que trabajó detrás de la barra durante veinticinco años. En su momento, decidió hacer cursos de barman, pero también recurrió a sus raíces y su experiencia lavando platos: “Para ser un buen barman tenés que haber lavado muchos vasos, saber servir una bebida, detectar si el vaso necesita que le pongas una servilleta abajo o si el cliente desea más hielo”, detalló.

Esta atención se reconoce en su trato, ya que siempre está atento a los detalles, y esto es un emblema que lo distingue. Él declara: “Todo lo que hago es con mucho cariño”. De esto no cabe duda, ya que tiene la sensibilidad de mantener este cuidado aun en su apariencia: Pedro se caracteriza por usar siempre un sombrero negro. Para él, este accesorio es como el traje de Superman: cuando se lo pone, adopta un personaje que la gente disfruta. “Le hemos dado un poco de personalidad. La gente ya reconoce al sombrero; es casi una marca. Para los clientes soy Peter, el del sombrerito”.

Por otro lado, su llegada a Nordelta fue gracias a otra posibilidad. Hace diez años él estaba trabajando en la sucursal de Recoleta de Down Town, cuando surgió el proyecto de abrir otro local en La Bahía. Gracias a su experiencia, quisieron que Pedro fuera parte de este nuevo lugar. Para él, realizar este cambio implicaba dar un salto importante pero, como otras veces a lo largo del camino, tomó la decisión de arriesgarse. Él cuenta que el día de la inauguración estaba lleno de gente, y la experiencia fue tan gratificante que mudarse a esta zona fue indiscutible: “Me quedé porque me parece un lugar extraordinario”, dijo sin dudar.

A nivel laboral, observa que su objetivo siempre fue que la gente pueda decir que pasó un buen momento. Es por eso que, desde sus comienzos, su foco está puesto en el servicio: “Acá yo estoy desde el primer día, y desde ese momento Down Town Matías tiene un sabor, una determinada calidad. Quienes sabemos o tenemos más experiencia tenemos la obligación de transmitir eso a las personas que entran a trabajar, para que eso pueda seguir”.

Después de tantos años, él concluye que sigue trabajando en Down Town porque le gusta, porque se siente cómodo y es un lugar que le ha dado la posibilidad de crecer y madurar. Al preguntarle qué es lo más lindo del rubro, sin dudar contesta que es el reconocimiento de la gente: “En todo aspecto. Me llama la atención que los clientes me saluden con un beso, y a veces eso es contagioso, porque al saludarme a mí, también saludan al resto del personal. Se crea algo distinto”.

Por Chiara Lauria

 

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