Por Sandra Ojman

Podríamos empezar hablando de los grupos de WhatsApp escolares para dar una primera introducción a los que no tienen oportunidad de formar parte de uno de ellos. Estos grupos nacen con un propósito: permitir a todos los padres estar en red, vinculados y poder hacer circular de manera ágil la comunicación y novedades del año escolar.

Rápidamente se transforman en un espacio de consulta sobre la tarea del día siguiente, el cuestionamiento del menú del comedor, las faltas reiteradas de la profe de historia o comienzan a hablar sobre otras cuestiones que nada tienen que ver con el curso. Pronto algunos empiezan a crear nuevos sub-chats, subgrupos de afinidad, los que “tienen cuestiones en común”, y allí es donde comienza a desarrollarse un nuevo proceso sinuoso y complejo. 

Este “nuevo grupo” tiene incluidos y excluidos. Los excluidos que también son padres o madres comienzan a ser víctimas de críticas, ya sea por su profesión, su condición social, sus opiniones o cualquier otra circunstancia. El motivo por el que comienza la crítica puede resultar casi insignificante, solo es cuestión de que fluya.  Esa persona incitadora, generalmente falto de otras ocupaciones más importantes, es en general quién siempre cree tener la mejor información, ser el más cercano al colegio y que esgrime que sólo quiere lo mejor para sus hijos y rápidamente busca aliados. Siempre en la puerta del colegio, dispuesto para hablar con algún docente.

Es cierto que ser elegido e invitado a “participar” de ese exclusivo foro da una tranquilidad enorme, ya que nos asegura no pertenecer al grupo de los criticables. Siempre resulta mejor la opción de pertenecer. Parecería ser que si uno se mantiene al margen poco importa lo que pueda pasar.

Alarma: no podemos permanecer al margen, porque este bullying de adultos se replica rápidamente en las condiciones de vida grupal de nuestros hijos. Pensemos con honestidad qué modelo de relaciones, de sentimientos, de empatía estamos educando.

Cuántas veces hemos visto a ese papá prepotente, al costado de la cancha criticando a su propio hijo por errar un tiro, o gritándole que debe pasar por encima del adversario. ¿Acaso creen que ese padre y “colega de chat” en su casa y en el resto de la vida es distinto? Ni por casualidad. Es tal como lo ven en su casa, en el trabajo, con su pareja y sobre todo con sus hijos.  

Es también esa mamá que lucha y se desvive porque su hija tenga el mejor papel en el próximo acto escolar, o que la somete a tratamientos de belleza cuando no tiene más de 10 años, que le exige una perfección que nunca es alcanzable. Son las personas que ponen la vida en modelo binario: los exitosos y los perdedores. 

Y su hijo o hija ha aprendido lo mismo. Sólo importa lo que ellos entienden por logros, no tienen empatía por el prójimo, la valoración del otro es por lo que puede ofrecerles. Son vínculos miserables en su intencionalidad.

Por eso el conjunto de padres no pueden ser sólo espectadores, sólo la participación más activa y la denuncia hará una mejor calidad de vida y educativa para nuestros hijos. Ellos necesitan ver que cuidamos de ellos, y así como siempre decimos que poner límites es quererlos, denunciar el bullying es hacerlo también. 

Este bullying también se despliega con los docentes y todo el marco educativo. Son padres que por un lado quieren que sus hijos tengan cada vez más actividades curriculares y extracurriculares, suponiendo que ese es el gran camino al “éxito”. Aún cuando eso signifique que su hijo pase doce horas fuera de su casa a los 8 años. Por otro lado critican o esgrimen superioridad sobre los docentes, pretendiendo poner límites e intentando acotar la autoridad de la escuela.

Intento transmitirles que la actitud acosadora, estigmatizante y desvalorizante es un modo de ejercer violencia por parte de los padres con altísimo impacto en los hijos. El bullying entre los hijos no hace más que mostrar y reflejar los idearios de muchos adultos, cuyos valores son disfuncionales.

El respeto y el amor a nuestros hijos debería ser suficiente motor para evitar que estas conductas viciadas o tóxicas del mundo adulto lleguen al aula y a los vínculos que nuestros hijos comienzan a desarrollar.

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