Por el rabino Baruj Hagman, director de J.C.C. Jabad Nordelta

 Me gustaría que te preguntaras qué necesitás para ser feliz. Para muchas personas, la felicidad es el resultado de obtener algo. Puede ser comprarse un coche nuevo, mudarse a una casa más grande o viajar a un paraíso exótico. Pero el denominador común es ese: mi felicidad depende de algo que me falta.

Ahora bien, si ser feliz depende de llenar los vacíos que tenemos, entonces tendríamos que suponer que existe una sola etapa en la vida en que se puede ser feliz: de bebé.

A un bebé le faltan muy pocas cosas y además las obtiene con facilidad: el bebé necesita comida, un pañal limpio y estar en los brazos de su madre. Esas tres cosas el bebé las obtiene con facilidad. Solo tiene que manifestar que le faltan y sus padres de inmediato se ocupan de suplírselas. Sin embargo, a medida que uno crece, sus necesidades aumentan desmedidamente. De adulto resulta virtualmente imposible satisfacer todos los vacíos que uno tiene. Por lo tanto, si por felicidad se entiende llenar todos los vacíos, es imposible obtenerla.

En realidad ser feliz depende de una actitud interior, no de las bendiciones que uno recibe de afuera. La felicidad es un estado de plenitud que se logra a través de ser apreciativo, de contemplar en todos los elementos positivos que uno posee y suele dar por sentado.

Ser feliz implica reconocer que existe un plan divino y que todas las experiencias de nuestra vida son para superarnos y crecer. Algunas brillan en forma natural, otras no. Cuando las cosas se perciben claramente como positivas, es tiempo de cultivar nuestra gratitud y alegrarnos. Cuando se nos coloca ante una dificultad, debemos extraer de ella un aprendizaje y seguir adelante con coraje y energía positiva.

Lo que siempre debemos recordar es que la felicidad es un estado permanente, no una sensación generada por estímulos volátiles. Si queremos ser felices no tenemos que esperar a que la marea cese, sino crecer de cada ola y aprender a mantener el rumbo con seriedad y actitud constructiva.

Texto adaptado por Moisés Waisberg

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