Por la Licenciada Sandra Ojman

Es pesado ser adulto algunas veces: tomar decisiones, asumir responsabilidades, planificar una familia, responsabilizarnos por el bienestar de nuestros hijos, trabajar, desarrollarnos y mucho más.

Si para nosotros los grandes, con mayor o menor camino transitado es difícil hacerlo, ¿por qué les pedimos a nuestros hijos que asuman responsabilidades de adultos? ¿Por qué les permitimos creer que pueden hacerlo?

Hay una más que sutil diferencia entre consultar en familia y darles a entender a los más pequeños que pueden decidir. En familia no se vota. Podemos decidir en conjunto, si compramos pochoclos dulces o salados en el cine. Pero no podemos votar para cambiar la heladera, pintar la casa o decidir cuál es el colegio donde van a estudiar. Esto, que parece muy obvio, sucede más a menudo de lo que creemos.

Chicos empoderados por los adultos, que luego se sienten víctimas de niños déspotas. Niños acostumbrados por sus padres a decidir, a que su voz y su deseo se transformen en acto. Porque está más que claro que sus decisiones y opiniones están signadas por su deseo, no saben ni pueden evaluar nada que no resulte en línea con su propia satisfacción.

Si le preguntas a un niño o niña cual debería ser el nombre de su próxima hermanita por nacer, será sin duda el de su maestra, su mejor amiga o el de la protagonista de su programa favorito. ¿Tiene tu próximo hijo que llevar el nombre de un capricho infantil? Que sin duda no recordará cuando su hermana, ya crecida le reclame el nombre que tanto horror le causa.

“¿Querés llevar vianda o comes en el comedor?” Me pregunto con sinceridad si es una decisión del hijo a los 6 años. Por el contrario, debería decidir su mamá o su papá en función de sus posibilidades y su hijo aprenderá a comer de uno u otro modo, así como aprende otras cosas en esa etapa de su vida.

Muchas veces creemos que los estamos ayudando a ser independientes y a desarrollar su personalidad, pero en ocasiones es una manera de ocultar que nos cuesta decidir y que más nos cuesta poner límites. Tenemos el sí fácil y nos excusamos en que lo hacemos por y para su bienestar. Pero nada más lejos de la verdad.

Los chicos necesitan límites y tener paulatinamente más responsabilidades. Necesitan aprender a hacer cosas solos, como bañarse, vestirse, atarse los cordones o elegir una película para ver en la tele y qué amigos invitar a su casa para jugar. Pueden aprender y recordar que deben llevar tal o cual cosa al colegio, responsabilizarse por traer el buzo nuevamente a casa después de una tarde de calor o ayudar a los padres a poner la mesa o a limpiar su cuarto.

No necesitan aprender a evaluar a la docente, elegir el lugar de vacaciones, el color de la cartera que se compra la mamá, el modelo de televisión o el menú de la cena o si van a tal o cual evento familiar o a qué hora se van a dormir.

Gratificarlos permanentemente, olvidarse de su infancia, no es hacerles un favor.

Aceptemos que es más fácil que jueguen con el teléfono o la Tablet a que juguemos juntos a la generala o a la oca, jugar con masa o pintar con témperas. Pero sepamos que no “necesitan” un teléfono para jugar a los 4 años. A veces es más sencillo preguntar que querés comer a decidir qué cocinar y lidiar con que coma un poco más de verduras o algo de proteínas.

No los acostumbremos que todo lo que deciden o desean lo consiguen. Simplemente no les hace bien. Así como no les hace bien comer chocolate todo el día o estar al sol sin protector.

Aplica la frase, “la responsabilidad es indelegable”. Ocupar nuestro lugar como adultos responsables es quererlo.

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