Por la Licenciada Sandra Ojman

Solemos afirmar que el cambio, cuando adquiere un sentido, una razón de ser, se torna en un proceso transformador.

Esto significa que cualquier proceso que iniciemos intentando hacer un cambio, si no es transformador, es solo eso: una alternancia, dejo esto y tomo lo otro. La transformación es mucho más. Es un propósito, un nuevo orden, un sentido distinto. Para que ocurra debemos darnos permiso y animarnos a correr riesgos.

En el momento que dejamos la adolescencia y el colegio empezamos a tomas decisiones todo el tiempo. Y luego sin querer, a medida que nuevas obligaciones se nos van sumando, intentamos crear una zona de confort en la que habitar, en la que poder estar tranquilos, que las aguas no se muevan en lo posible. Eso es bueno: nos da respaldo y tranquilidad en el momento de formar una pareja o crecer en familia.

Pero es posible que en algún momento empecemos a sentir que eso no nos resulta suficiente, que algo no está bien. Hacer lo que hacemos a diario no nos deja tan cómodos como antes, esa zona de confort ya no lo es tal. Empezamos a sentir que nuestra actividad diaria se reduce a una serie de “hay que”. Hay que hacer tal cosa, tal otra.

En algún momento se activa una curiosidad por ver un poco más allá, por preguntarse qué hay, qué tengo por descubrir de mí y de mis posibilidades.

La curiosidad y la inquietud funcionan como un motor, nos empujan a preguntarnos qué puedo hacer además de lo que ya sé y hago. ¿Qué me haría sentir mejor y qué puedo hacer para que eso suceda? ¿Cómo puedo hacer mi trabajo de forma diferente? ¿En qué se transformará lo que hoy hago?

No únicamente pensar en “los trabajos del futuro” en términos abstractos, sino llevarlo a la primera persona del singular: cómo quiero que sea mi ocupación en el futuro. Claramente no se trata de oportunidades, sólo en ocasiones lo son, pero no es una característica excluyente. A veces por el contrario, son las limitaciones un claro incentivo y una razón para buscar un modo de ser y hacer distinto.

A algunas personas les resulta sencillo trazar un plan y apoyados en él empezar una búsqueda, una hoja de ruta. Otros necesitan dejar lo que están haciendo, provocar un quiebre, y con la cabeza en “blanco” iniciar un camino. No importa cuál sea el estilo, lo que es común a ambos es que se animan a intentarlo y a recorrer un camino distinto.

Las actitudes autocríticas no se llevan muy bien con estos procesos disruptivos, porque son tan exigentes y determinan tantos resguardos que tornan este proceso en un compartimiento estanco, paralizado por la imposibilidad de llegar rápido a los resultados perfectos.

La transformación es riesgo, es aceptarse con límites, es reconocer que los fracasos son parte del proceso y que el concepto de éxito es variado. Tengamos presente que un proceso de transformación es un camino, no es un destino y como tal tendrá altos y bajos.

Pero como tampoco podemos sólo nutrirnos de situaciones frustrantes, una ayuda en ese sentido es fijarnos etapas de desarrollo cortas y alcanzables. Crear nuestro “MVP” (mínimo producto viable), un concepto muy rico del mundo tecnológico que aplicado a un proceso individual o psicológico adquiere un sentido distinto: creamos en fases nuestro proyecto de transformación mínimo y viable, que nos de sentido a continuar, que nos permita ponerlo a prueba, que nos permita iterar.

Si nos fijamos metas de largo alcance y perfección absoluta sólo podremos cosechar decepciones, porque cada escollo del camino lo viviremos como a todo o nada. Lo absoluto es intimidante, paralizante y frustrante. En este camino, deberemos apelar a nuestras fortalezas, soportar incertidumbre, amigarnos con los temores, asociar a la ansiedad y en definitiva aceptar que todo lo nuevo desconcierta.

Me gusta pensar en el concepto de OPTIMISMO PERSISTENTE, que nos ayude a mirar el medio vaso lleno.

Otro aspecto no menos importante es que este proyecto lo podemos querer y desear, pero recomiendo especialmente no aferrarse: hay que ser flexibles. Al aferrarnos dejamos pasar oportunidades nuevas, dejamos de sorprendernos con hallazgos, dejamos de ver el camino. Y en ese camino están las verdaderas oportunidades.

  • Busquen en la familia y amigos apoyo constante y soporte emocional. Ellos muchas veces ven en nosotros habilidades y fortalezas que nosotros no notamos con tanta claridad. La confianza de ese cinturón de afectos puede hacer la diferencia.
  • La perseverancia es el 90% del éxito. Thomas Edison decía, “La forma más segura de tener éxito es intentarlo una vez más”.
  • No hay que dejar la formación de lado, en los emprendimientos hay mucho que estudiar. Quizás de manera no formal, pero ser emprendedor sin ser aprendedor es casi imposible. Además de darnos conocimiento, nos brinda seguridad, nos permite saber qué queremos lograr.

No hay edad para esto, por eso siempre uso una pregunta invitándote a pensar; ¿qué te gustaría ser cuando seas grande?

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