Por el rabino Baruj Hagman, director de J.C.C. Jabad Nordelta

¿Cuál es más fuerte, el habla o el silencio? Si un conocido se acerca a pedirte un consejo, ¿qué es más productivo?, ¿que le des tu opinión o que lo escuches? ¿Acaso tus palabras tienen la capacidad de marcarle la diferencia?

Dice la Mishná en Pirkei Avot: “Toda mi vida crecí entre sabios y no hallé nada más sano para el cuerpo que el silencio”. A lo que se refiere esta declaración de nuestros sabios es al infinito valor de guardar silencio. Cuando alguien abre su corazón y nos revela sus más profundos temores o inquietudes, en vez de apresurarnos a darle consejo, debemos ser receptivos.

Abrirle nuestro corazón y escucharlo atentamente. El simple hecho de abrazar su realidad e interiorizarla –hacerla parte de nosotros– se transforma en un mecanismo de redención. Si bien es posible que el dilema persista, la tensión que esa persona siente disminuirá al menos en un cincuenta por ciento.

Debemos aprender a escuchar al otro y estar dispuestos a colocarnos en su lugar. Si logramos controlar la urgencia de ofrecer sabiduría, podremos descubrir cómo, a veces, lo más sabio es guardar silencio y simplemente estar presentes.

Texto adaptado por Moisés Waisberg

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