Las vacaciones nos estresan. A los grandes y, por consecuencia, a los chicos. En casi todos los hogares los papás tienen muchas ocupaciones que los horarios escolares mantienen rutinizados. Cuando ese devenir se quiebra, entramos (en ocasiones, literalmente) en pánico. Allí es cuando empezamos a planear más actividades que las que el día permite, creamos malabares estrambóticos para que los pequeños tengan un verano casi más ocupado que un ciclo escolar.

Aunque no siempre existen posibilidades de elegir, sería interesante que pensemos en la posibilidad de crear una nueva rutina que respete el no hacer nada (o el hacer lo menos posible) aunque sea en algún tiempo de receso escolar.

Para los griegos el ocio estaba repleto de riqueza. La nada estaba -paradójicamente- muy llena. Cuando asumimos que nuestros niños “no paran” y nos quejamos de esas conductas, en verdad deberíamos reflexionar si no hemos promovido ese accionar con nuestros propios actos.

Sería bueno pensar en alternativas a ofrecer a la hora del ocio infantil, pero tampoco esas propuestas deberían ser excesivas. Un par estaría bien. En ocasiones, los chicos no reconocen lo que tienen a disposición para jugar, de modo que recordárselos es ayudarlos a rearmar su estructura de diversión. También es una forma de mostrarles que cuentan con alternativas que ellos pueden elegir por sí solos, que están allí, que fueron puestas a su disposición.

Es una buena respuesta también el mandarlos a buscar entre sus cosas. Hacerlo es un trabajo. Este es un aprendizaje interesante en la toma de decisiones que abarca desde elegir a reconocer lo que me gusta o deseo en cierto momento.

Otro punto a no temer es dejar que los chicos se aburran y se enfrenten con ese “no hacer nada tedioso”. Ese vacío los invita a indagar dentro de sí mismos, encontrarse con su ser, apostar a crear o encontrar su divertimento, asumir la nada como posibilidad, escuchar su ritmo interior, descubrir que no hace falta estar siempre haciendo algo, que no hacer nada también está bueno. Solo contemplar, o escuchar música, o estar en silencio.

Vacío necesario para llenar

Para generar creatividad, hace falta espacio. El momento de supuesto vacío está repleto de aprendizajes. Allí se consolida lo aprendido, se mejoran las capacidades para las actividades grupales y solitarias, se explora la creatividad y las soluciones alternativas a los problemas, se desarrollan fortalezas en el control de las emociones y en el uso de la sensibilidad, y aparecen nuevas formas de inteligencia. Se combaten sentimientos como ansiedad, aislamiento, depresión…

Para trabajar ese espacio de ocio, los adultos debemos ofrecerles tiempo libre. Algunos de esos momentos en soledad y otros en compañía. No hacer nada juntos permite darles modelos de cómo comportarse en ese “quenohacer”.

Algunas buenas decisiones pueden llegar de la mano de tener tiempos de ocio no pautado, donde cada uno deba autoabastecerse. Momentos donde no hay ningún dispositivo electrónico.

Dar el ejemplo disfrutando de esos momentos como adultos: leer, sentarse a tomar un mate mirando por la ventana, ver películas, completar una colección, pintar o dibujar, hacer alguna manualidad, cocinar, preparar un asado… Hacerlas y compartirlas con los chicos en la medida de sus posibilidades les permite descubrir un modo de relajarse, aquietar la mente, salir de la rutina, hacer otros aprendizajes y desarrollar nuevas habilidades.

Dejarlos que se equivoquen y que aprendan a crear interpelándose en sus preferencias son dos buenas opciones. También es recomendable acompañarlos en las aficiones que expresan. Ayudarlos a desarrollarlas es alentarlos en la creación de sus propios espacios.

La propuesta de algunos juegos invita a la quietud mental y a bajar el desborde emocional. Los juegos de tablero o el armado de puzzles, la construcción de algunos objetos de piezas, el origami o la maquetería son algunas opciones que ayudan. Las vacaciones de verano, en particular, invitan a explorar la naturaleza. El picnic puede darse en el patio o balcón de casa, en una plaza, en una salida más lejana o fuera de la ciudad en que se habita. El contacto con el afuera cambia la escenografía y abre la mirada a otros intereses.

Finalmente, una gran estrategia es el balance posterior. La capacidad de, al fin del día, o del fin de semana, hacer un raconto de lo hecho y rescatar lo aprendido, el tiempo compartido y las anécdotas divertidas que se sucedieron en esos momentos. Y, por qué no, planear el próximo no hacer, y desarrollar nuevas habilidades.

Pasarles la pelota a los más chicos

Una opción es darles la iniciativa a ellos: “¿Y ahora, a qué tenés ganas de jugar?”; o “¿en dónde nos podemos recostar a escuchar música?”; o “buscá un lugar para acostarnos uno al lado del otro a mirar el cielo”. Darles el poder de decidir alivia el vacío que puede generar el no tener qué hacer.

Flavia Tomaello 

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