Por la Licenciada Sandra Ojman

Cada día un poco más, algunas personas se retraen del mundo real y se sumergen en el virtual. Si por el caso viven solos, podemos pensar que un individuo se levanta en su casa, desayuna leyendo noticias en su teléfono, tablet o notebook; puede hacer una rutina de ejercicios bajada de alguna nueva app, luego comenzar a trabajar en red, pedir algo de comer por delivery, “hablar” por mensajes de WhatsApp y terminar su jornada viendo “cine” en una plataforma de streaming o escuchando música en otra. No solo no necesitó salir de su casa, sino que no necesitó siquiera hablar con nadie. ¡No uso su voz!

No es ciencia ficción. Repetida esta modalidad una y otra vez, va transformando a los sujetos en personas menos necesitadas del contacto con el otro. Desaparece paulatinamente la voz, el decir, el mirar, el tocar, hasta el olor.

Lo que parecería ser un mundo amplio de posibilidades y perspectivas que nos dan las redes y las aplicaciones, se contrapone a un espacio de lo íntimo, del contacto personal cada vez más reducido. Confundimos acceso con cercanía. Chatear con alguien con hablar.

Poder mantener el contacto con alguien que está lejos por WhatsApp es fantástico, nos permite sortear la distancia que de otro modo sería imposible, pero no es imposible que nos juntemos con un amigo que vive a veinte cuadras. La tecnología nos debería ayudar a resolver el encuentro, no para suplantar ese acercamiento humano, directo, cálido.

Si esto ocurre en generaciones a las que llamamos inmigrantes digitales – somos todos aquellos que nacimos antes de la era digital, “antes de Internet” – ¿qué queda para aquellos que son nativos digitales y que usan las aplicaciones y las redes como un fin en sí mismo y no como un medio para alcanzar otro tipo de vinculación?

A veces las personas están y no están. Físicamente comparten una mesa, pero están atendiendo las notificaciones que les llegan a su teléfono. Están más ocupadas en responder a las relaciones o chats virtuales que a la pregunta que les formula quien tienen enfrente.

No cabe duda, Internet nos abrió un mundo nuevo de oportunidades, reencontrarnos con seres queridos, armar parejas, encontrar trabajo, escuchar la música que deseamos, informarnos y elegir cuándo y qué queremos ver, pero eso no debería oponerse a la posibilidad de seguir cultivando y enriqueciendo las relaciones reales, en el contacto directo.

Evitar las relaciones “en modo vivo” nos lleva a estados de ostracismo y a malestares compatibles con estados depresivos. Regular el uso de los dispositivos, cuando no surge naturalmente, se torna necesario.

Si una persona es consciente de que no puede apartarse de su dispositivo móvil y que todo lo resuelve sin necesidad de “hacer contacto real”, quizás deba ponerse a dieta virtual. La responsabilidad no es de la tecnología, sino de quién hace uso de ella. Es probable que necesite ayuda y que el exceso de pantallas esté enmascarando otras problemáticas.

Los emoticones son divertidos y sintéticos, y geniales para resumir emociones, pero no siempre es buena tanta síntesis. Manifestar los sentimientos, salir a buscar el encuentro nos hace bien, nos enriquece, nos ayuda y nos sostiene emocionalmente y nos aleja de la soledad.

Para nosotros, como sujetos sociales, es importante mantener el contacto con nuestro entorno, desplegando los sentidos del cuerpo. Nada puede reemplazar al contacto directo, a la mirada que acompaña, al abrazo protector, al apretón de manos que sella un encuentro o un acuerdo, el beso de bienvenida y de despedida. El conjunto de sensaciones que no sólo registra nuestro intelecto, sino que registra nuestro cuerpo cuando escuchamos la voz de una persona querida, sentimos su aroma, o simplemente nos encontramos en un silencio compartido. Son las paradojas del mundo virtual: podemos decir que acerca a los más lejanos, pero aleja a los más cercanos.

Mucho se puede hacer al respecto, como usar más el teléfono, volver a las llamadas. Reemplazar el chat por un encuentro, concentrarnos en atender a quien tenemos adelante. Apagando las notificaciones si queremos lograr un momento de intimidad y de placer, buscando siempre que lo nuevo que aparece nos sirva para, sea un medio, pero no un fin en sí mismo.

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