Por Flavia Tomaello 

https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello

Las rutinas son los esquemas, usos, patrones o hábitos, y el modo en que se realizan, que cada familia establece para su vida cotidiana. Pueden involucrar a todos los integrantes o sólo a algunos de ellos, aunque son reconocidas por todos. Existen algunas que son impuestas casi intuitivamente y suelen responder a situaciones de sentido común o necesidades personales como el cómo dormir y a qué hora. Otras que son evaluadas por los adultos y seleccionadas para ser aplicadas con sus hijos como puede ser un menú semanal que involucre variedad de platos según el día que se trate.

Algunas rutinas son casi naturales y los padres las ponen en marcha sin darse cuenta. Aún consultados pueden no reconocerlas como tales. Otras son recomendaciones de los profesionales sobre los que la familia deposita su confianza: pediatra, médico de cabecera, puericultora, etc. Unas más son decisiones evaluadas específicamente por los padres y responden a sus perfiles culturales, su experiencia o sus deseos sobre el tipo de educación que desean dar a sus hijos.    

Por qué son saludables

Las rutinas esencialmente permiten atender las necesidades básicas de los niños, cuestión que claramente las convierte en un aporte saludable para la crianza desde los primeros momentos. Aún así, los atributos positivos no se circunscriben a ese punto.

Las actividades metódicas proporcionan al niño la oportunidad de incorporar conocimientos, probarse a sí mismo y aprender de las situaciones básicas que enfrenta, de los demás y del ambiente que lo rodea. Cada una de las más elementales que suma desde su nacimiento, van poco a poco formando saberes, le permiten ir tomando conocimiento de su entorno y de sí mismo. Se va concientizando de su propio ser, dejando de lado la idea con la que nace de que es parte de su madre.

Estos métodos, a la vez, deben necesariamente ponerse en marcha acompañados de los cuidadores a cargo, la madre y quienes ésta ceda la posta para ayudarla, reemplazarla o asistirla. Esta conducción permite establecer lazos sólidos con el niño, quien, a la vez, se siente protegido por el adulto, contenido por el orden que su presencia rutinaria representa, al mismo tiempo que es esa figura la que orienta su aprendizaje.

Contar con un horario estable y apegarse a él crea un entorno predecible; esto les ayuda a sentirse confiados. Esta seguridad los predispone a querer explorar y aprender más. Saben qué esperar, y el día transcurre con menos problemas de conducta. 

Además, cuando el niño incorpora poco a poco pequeñas cuotas de aprendizaje e independencia en el paso a paso que lleva adelante con cada rutina, aumenta su autoestima. Esa sistematización de actos básicos, le permite aprenderlos por repetición y darse cuenta de que tiene la capacidad de hacer las cosas por sí sólo. Por pequeño que parezca este avance, en verdad está fundando ladrillos esenciales para el crecimiento. Lo animará a intentar una y otra vez hasta hacerlo bien porque de todos modos tiene una oportunidad atrás de otra. Ese hecho, en paralelo, propone la idea de que es importante tratar. No importa si las cosas no salen como uno hubiera querido, sino que es enriquecedor volver a probar la próxima vez. Así, otro principio que suma la rutina es el de valorar el proceso y no solamente el destino.

Cuando el niño poco a poco suma aprendizajes en los pequeños hechos diarios, va sumando autonomía. Este punto tiene dos virtudes directas. La primera es un claro objetivo que debe perseguir la educación: el acompañar la adquisición de las herramientas necesarias para el desempeño independiente del niño, hacerlo capaz de hacer. La otra -algo más centrada en los padres- ayuda a progresar en su crianza: ellos se van desentendiendo de ciertos temas en lo minucioso porque ya han hecho el trabajo necesario como para que el niño se desenvuelva sin su permanente asistencia o presencia.

Un punto extra es que las rutinas permiten organización general en el hogar: es posible planificar con antelación lo que vendrá, preparar lo necesario, evitar imprevistos en aquellos temas previsibles. También dan coherencia al día a día. Los padres se convierten en más fuertes ante la imagen del niño cuando mantienen ciertos esquemas con solidez. Ese respaldo que da la mirada de los niños a esa conducta los hace más seguros.

En medio de todo ello, cuando existe un marco previsible, existe todo un entorno imprevisible que da una herramienta fortísima a los papás: la posibilidad de invitar al niño para que tome sus propias decisiones.

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