Por Emilia Chávez

Thomas Alva Edison inventó el Kinetoscopio, y lo patentó en 1891. Este consistía en un dispositivo “peep-show” (había que mirar por un visor) con una cinta de un metro y medio que giraba constantemente, reproduciendo fotos. Las primeras imágenes eran de bailarinas, animales de circo y hombres trabajando.

El invento de Edison llegó a Francia en 1894. Los hermanos Lumière vieron este gran proyecto, y comenzaron a trabajar en el propio, el Cinematógrafo, compuesto por una cámara y un proyector. Un año después, en el Salon Indien del Grand Café en el Boulevard de los Capucines, en París, se puso en marcha la primer función pública, la cual duró sólo veinte minutos.

Algunas de las primeras llamadas “películas”, a las cuales hoy les diríamos cortometrajes, fueron Salida de los Obreros de la Fábrica Lumière (1895), La Demolición de una Pared (1896), y la más conocida, La Llegada del Tren a la Estación (1895), en la que el público se asustó, convencido de que el tren era real.

Dentro de la audiencia de los Lumière se encontraba Georges Méliès, caricaturista, inventor y mecánico que quedó asombrado por lo que estaba viendo. En 1896 abrió uno de los primeros cines, ubicado dentro del Teatro Robert Houdin, en donde proyectó sus películas. Entre ellas estaba Un Viaje a la Luna (1902).

Desde allí, la industria del cine se acrecentó aceleradamente. Las grandes compañías productoras se situaron del otro lado del mundo, en Nueva York, en donde comenzaron a realizarse filmes de mayor duración; en blanco y negro y mudas, claro. Luego se mudaron a Los Ángeles, debido a que había mucho espacio para armar grandes sets en el desierto del oeste.

Allí nació el concepto de Hollywood y surgieron las primeras estrellas de cine como Mary Pickford, Douglas Fairbanks y el mismísimo Charlie Chaplin. Los tres formaron, en 1919 debido a la disconformidad por el abuso de las productoras, la Corporación de Artistas Unidos.

La década de 1920 fue imprescindible para el desarrollo del cine. Luego de la Primera Guerra Mundial, nacieron las más exitosas compañías que conocemos ahora: Fox, Goldwyn-Mayer, Warner Brothers. Las películas ya repetían temas en su contenido, y así se crearon los géneros, como el tan utilizado Western.

Otros hitos por mencionar son los Premios de la Academia, mejor conocidos como los Oscars, celebrados por primera vez en 1929, y la llegada del sonido a las películas, masivamente desde 1930. Desde ese momento no hubo marcha atrás para la creatividad, la originalidad, ni el entretenimiento.

Recordemos algunas películas icónicas: Blancanieves y los Siete Enanitos (1937) fue el primer largometraje animado, quién nos enseñó que hay que adorar la familia y la música mejor que La Novicia Rebelde (1965), cuántos chicos se asustaron al ver Tiburón (1975), qué tan divertido fue ver un extraterrestre en E.T. (1983), cómo lloramos con Forrest Gump (1994), nos enamoramos con Titanic (1997) y nos asombramos con el mundo salvaje de Avatar (2009).

También merecen una mención especial las sagas que nos entretuvieron con sus personajes a lo largo del tiempo: James Bond, Star Wars, El Padrino, Indiana Jones, El Señor de los Anillos, Harry Potter, Crepúsculo y Los Vengadores.

Fast Forward a hoy en día. Pensar en los filmes para divertirnos no es suficiente. Radio, televisión, teléfonos y otros aparatos apartaron a las proyecciones en la sala al segundo o tercer plano. “Ir al cine” ya no se ve como un plan especial, no ansiamos los estrenos ni nos emocionamos con nuevos efectos o historias.

¿Qué vemos cuando vemos una película hoy? Pantallas de celulares, chats de WhatsApp entre escenas, con el brillo encandilándonos. O por lo menos eso veo yo. Me gustaría pensar que la breve exposición presentada aquí (breve, porque no me alcanzan las palabras ni la capacidad de concentración de muchos) sirva para darnos cuenta de que está desapareciendo esta inigualable apreciación por el cine.

 

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