Day tiene 32 años. Cuando está triste no se nota porque siempre tiene una sonrisa y algo lindo que decir. Descubrió algún secreto o aprendió a hacer la vista gorda. No presume de su destreza y es una excelente compañera: solidaria, técnicamente experta y jovial. Una castañuela.

¿Quién sos?

Puedo resumirme como alguien que, luego de buscar por todos lados, ha logrado responder su gran pregunta: ¿para qué nací?

¿Y cómo fue? Pasanos la receta.

Cuando terminé la secundaria tenia la convicción de que quería ser nutricionista, pero el cuerpo me pesaba en desinterés. Al año siguiente comencé el profesorado de Educación Física buscando aprender todos los deportes y la parte lúdica me capturó: todo era posible allí. Sentí una corazonada marcando el rumbo y al recibirme me sumergí en las colonias de vacaciones y como divulgadora educativa itinerante. Pero me faltaba excelencia; el agujero dentro mío quería más. Quería ser excelente en algo, entregar todo.

Puedo entenderte, esos latidos son difíciles de callar. Y la entrega es una necesidad. Hacer o morir.

A los 22 años me ofrecieron comenzar en la Escuela Deportiva del Club Nordelta cuando recién comenzaba la Ciudad Pueblo. Había un sistema de pases de colonias y enseñaba de todo: natación, gimnasia artística, danzas. Actualmente estoy en la náutica. Supuse que ahí iba a esclarecer mis dudas, alguna actividad iba a latir más fuerte. No podría ser la mejor en la diversidad, y “hacer por hacer”, como quien tiene un buen trabajo y con eso ya se siente bien, me resultaba mediocre. Al tiempo comencé a tener ataques de pánico y lo diario costaba el triple.

¿Hiciste terapia?

Sí, me alivió reconocerme necesitada de la aprobación externa y el reconocimiento económico. Pude comprender que lo que me iba a llenar era satisfacerme haciendo lo que me gustaba, mejorarme hasta ser mi mejor versión. Decidí especializarme en psicología, juego y comunicación grupal.

¿Y cuál es tu conclusión?

Entendí que esa es mi pasión: enseñar a tomar conciencia de lo que hacés cuando lo estás haciendo. Salir de la automatización, desarmarte para construirte más lúcida y sólida. Ayudar a los chicos a superar sus miedos, a los adultos a cumplir metas, y a personas mayores a darse cuenta de que están vivas y que los momentos de incertidumbre son los que llevan a reconocerse. El dinero no siempre respalda el crecimiento; la paga es la satisfacción personal. Creo en las pequeñas instancias felices. Ayudando al otro me encontré a mí. Hoy veo la evolución de mis alumnos que aman el deporte y son personas fuertes y saludables. El vínculo sigue vigente e intercambiamos experiencias y consejos.

Sé escuchar

“Puedo ver más allá de lo que me dice un niño en su juego, cómo ejecuta las acciones con su cuerpo, la calidad de su movimiento —confía Daiana—. Sin analizar sino simplemente guiando, acompañando. Colaborando para que ellos construyan su conocimiento mediante la experiencia, recreando lo que les transmito pero priorizando su puño y letra, su impronta corporal. Jugar limpio, esa es mi pasión. De cada clase me llevo alegría y amor”.

CONTACTO

Instagram: @profeday

Facebook: Day Herrera

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