2019 podría llamarse el año de las secuelas. En Hollywood, los productores y directores invirtieron todo su tiempo y dinero en la continuación de las sagas que en un momento fueron taquilleras y hoy se convirtieron en clásicos.

La mayoría del público que creció viendo Men In Black es hoy adulta. La primera de la trilogía fundamental se estrenó en 1997, con un Will Smith joven y un Tommy Lee Jones no tan arrugado. La segunda entrega fue en 2002, y la tercera, una década después; todas dirigidas por Barry Sonnenfeld.

Para esta versión, F. Gary Gray, conocido por obras como The Italian Job (2003) y la número ocho de Fast and Furious (2017), tomó el papel de director para cambiar un poco los aires.

Esta nueva etapa encuentra al heart-throb Chris Hemsworth y Tessa Thompson, quienes habían trabajado juntos anteriormente en Thor (2011), en una misión distinta a las anteriores: hay un infiltrado en la organización.

Manteniendo el mismo humor de siempre, irónico pero familiar, a través de ayudas cómicas de algunos personajes secundarios, la película persigue los mismos fines que sus antecesoras: la lucha contra los aliens para mantener el orden y la paz entre los dos mundos.

Con un toque de feminismo, Men In Black propuso el personaje de M, una agente novata interesada, inteligente e intuitiva. La ideología se refuerza con el papel de Emma Thompson, líder de la articulación en la sede estadounidense.

Definitivamente no es un film al que se le tenga que prestar atención la estética, salvo por los paisajes internacionales, los decentes efectos especiales y, por supuesto, los trajes negros.

En verdad, una película entretenida y light digna de ir a ver en la pantalla grande. Una bocanada de aire fresco que no retoma ni recuerda las historias pasadas, sino que crea algo nuevo y diferente.

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