Hace un tiempo, en esta columna, nos referíamos al libro álbum, un producto editorial destinado al público infantil que también gana, día a día, fanáticos entre los adultos, con su propuesta de una experiencia de lectura única y con artistas que desafían los límites convencionales de la literatura ilustrada.

Entre los autores internacionales más destacados –hay argentinos excelentes y de ellos hablaremos en otra oportunidad– se encuentra Benjamin Lacombe (París, 1982), quien sigue el camino de Anthony Browne, Rébecca Dautremer y otros genios, al crear un universo propio con características que lo hacen inconfundible. Aunque es muy joven, lleva más de quince años de carrera y más de 25 libros editados. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y ha saltado con sus dibujos, de las páginas de papel a exposiciones en galerías de arte, pañuelos, carteras, joyas…

Su primera obra, de 2006, fue el proyecto de cierre de su carrera de arte, Cereza Guinda. Cuando se editó al año siguiente en Estados Unidos fue señalado como uno de los diez mejores libros del año por la Revista Time.

Desde entonces, no se ha privado de recrear clásicos como Caperucita Roja, Blancanieves; Alicia en el país de las maravillas, Alicia a través del espejo, Nuestra Señora de París, de recorrer los territorios de la fantasía con La pequeña bruja o El herbario de las hadas o de acercarse con su particular mirada a los personajes históricos con María Antonieta o Frida.

Riguroso y creativo, interviene personalmente en otros aspectos de sus libros como la tipografía, el papel, el formato, utilizando técnicas variadas como acuarela, lápiz y óleo, y creando piezas difíciles de encasillar, como Madama Butterfly, inspirada en la ópera de Puccini, que resulta en un volumen desplegable ¡de diez metros!

En el libro, el texto corresponde al relato de Pinkerton, en tanto que el punto de vista de Madama aparece solo en las imágenes. Los dos lenguajes que nunca se mezclan dan cuenta de la barrera existente entre los dos personajes pertenecientes a dos mundos diferentes. Lacombe ha contado en reportajes que Madama Butterfly lo obsesiona desde niño cuando acompañaba a su madre a la ópera y que resolver su transposición de un modo tan espectacular fue una manera de transmitir a sus lectores su misma emoción.

En esta búsqueda de extremar las posibilidades del libro, ha usado otros recursos como la tridimensión en Cuentos silenciosos. Sostiene que lo que le interesa es no repetirse, no hacer dos veces el mismo proyecto, y considera que su trabajo es fiel al sentido primero de la palabra ilustración como iluminación: “Una buena ilustración conduce la lectura hacia otra parte”, dice.

Finalmente, cuando se le pregunta si su trabajo no resulta complejo para los niños, responde: “Nunca trato de rebajar el nivel de lo que quiero comunicar porque esté dirigido a un niño”.

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