Después de tanta catástrofe, Marvel juega la punta del humor. Debo decir que mis expectativas estaban bajas luego de la explosión taquillera y emocional que fue Avengers: Endgame, y me llevé una sorpresa distinta con la última entrega de la nueva saga de Spider-Man.

Esta vez, Peter Parker (Tom Holland) tiene pendiente un viaje a Europa con sus compañeros y profesores de secundaria, en el que planea decirle a Mary Jane (MJ, interpretada por Zendaya) lo que siente por ella. Lejos de poder disfrutar este programa, se presenta una nueva amenaza en forma de monstruos un tanto climáticos.

Tras el llamado del jefe de – lo que queda de – los Avengers, Nick Fury, y con la ayuda de un nuevo miembro que se reservó hasta este momento, Misterio (Jake Gyllenhaal), Spider-Man encuentra la ventana perfecta pero inoportuna para demostrarle al equipo que puede ser tan útil como los demás. Parker también debe y quiere expresar el respeto y la gran responsabilidad que tiene con su (ex, ¡ouch!) mentor, Iron Man.

En términos más amplios, la película sirve fielmente a su propósito de conexión entre lo que fueron las más de veinte films del “viejo” MCU (Marvel Cinematic Universe) y la naciente tanda de figuras que vendrá. Pero, al analizarla como una historia independiente, no es más que una desafortunada aventura y una sucesión de situaciones fácilmente solucionables e inútiles; nada crucial.

Jon Watts, director de las dos entregas del último hombre araña, dijo que el reto fue “encontrar el equilibrio entre los momentos con bromas y los momentos serios”, y que “esa es la tensión constante en esta película”.

En conclusión, es una bisagra para presentar una nueva generación de héroes y villanos, con unos duros golpes y connotaciones del pasado que nos hacen recordar los antiguos y buenos tiempos, y una sensación algo preocupante de qué puede llegar a pasar con todo este mundo si se lo deja en manos de un estudiante de secundaria de dieciséis años.   

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