A Quentin Tarantino lo consagraron como el maestro de la sangre, los diálogos, los vestuarios… pero parece que para él no fue suficiente.

Once Upon A Time relata la historia de Rick Dalton, un actor de series de televisión western que tuvo su auge a finales de los ’50, y que ahora quiere probar suerte en el mundo del cine. Es acompañado por Cliff Booth, su doble de acción y fiel compañero de vida. Situado en 1969, Dalton sufre las consecuencias de la caída de su fama: no consigue papeles protagonistas, se siente viejo, inútil.

Dalton y Booth son interpretados por el excelente duo Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, y es la primera oportunidad en la que trabajan juntos. Ambos actores ya habían participado en filmes pasados de Tarantino (DiCaprio en Django Unchained, Pitt en Inglorious Basterds). Mas el elenco no se quedó corto. Margot Robbie (I, Tonya) caracteriza a Sharon Tate, la actriz que fue esposa del director Roman Polanski, con quien iba a tener un bebé antes de ser trágicamente asesinada por el clan Manson.

Al catálogo de grandes estrellas que fueron parte del film se sumaron Al Pacino como Marvin Schwarz, Emile Hirsch como Jay Sebring (amigo de la pareja Polanski), Mike Moh como el experto en artes marciales Bruce Lee, Damian Lewis como Steve McQueen, además de otros nombres reconocidos como Dakota Fanning y el fallecido Luke Perry.

Quentin, quien además de dirigir también escribió la cinta, se inspiró en crear una historia de este estilo luego de haber colaborado con un actor que tenía un doble de riesgo, que una vez le preguntó si su amigo podía hacer una cosa para lucirse. A Tarantino le pareció “una dinámica interesante que nunca había visto”, y guardó esa idea en su mente por mucho tiempo antes de volcarla delante de las cámaras.

Un punto interesante en la película es la música. Tarantino es reconocido por utilizar canciones icónicas que acompañan a la perfección determinadas escenas (recordemos la pelea emblemática entre The Bride y O-Ren Ishii en Kill Bill Vol. I), y el director comentó que su proceso para elegirlas consiste en sentarse por horas ante su colección de vinilos y escucharlos hasta encontrar la melodía ideal, pero este no fue el caso.

En Once Upon A Time, la música solo es controlada por los mismos personajes dentro de la acción, al prender o apagar radios, tocadiscos u otros dispositivos a su alrededor. Aparte de eso, sólo se escuchan las voces y sonidos de la cotidianeidad.

Juega también un rol muy importante en la trama el revisionismo histórico. Sí, esto resuena a Bastardos Sin Gloria, en donde el director juega a manipular un acontecimiento real a su gusto y tergiversa los mejores momentos para dejar al público boquiabierto con una nueva versión inesperada de los hechos.

El vestuario estuvo a cargo de Arianne Phillips. La diseñadora comenta que incorporó prendas vintage compradas además de fabricar algunas piezas únicas para los personajes, como una camisa amarilla con estampados hawaianos para Cliff Booth. Fue la primera vez que la modista trabajó con Quentin, y comentó que cuando se conocieron, ella le preguntó si era verdad el rumor de que el director vestía a los actores sin la presencia de los diseñadores, a los cual respondió que era mentira.

 

Phillips comenzó a fabricar la indumentaria catorce semanas antes de empezar a grabar. Investigó en bibliotecas e Internet, y junto a su equipo visitaron varias casas de disfraces. Pero la mejor fuente de inspiración vino de la mano de Debra Tate, la hermana de Sharon, quien ayudó a Arianne prestándole piezas únicas de la fallecida actriz, entre ellas, sus joyas. La vestuarista también se reunió con ilustradores para poder visualizar mejor los atuendos antes de presentárselos en maniquíes a Tarantino.

A pesar de tener bajo su nombre reputaciones (y repeticiones), Quentin no se quedó con los brazos cruzados y fue por más. Se podría decir que esta es la película que más se diferencia de las demás, ya sea por los tonos amarronados que tiene la edición o el punto de la mayoría de las tomas, esta vez un poco más variadas. Aunque por supuesto lleva consigo todavía algunos de los rasgos típicos de su cine:

Diálogos espectaculares: Quentin es capaz de hacer hablar a sus personajes por minutos en charlas que, en la mayoría de los casos, carecen de un sentido sustancial para la trama, pero sin darnos cuenta, todo suma: no solo importa lo que los interlocutores están diciendo, sino también cómo lo dicen o lo que están haciendo en ese momento.

Tensión in crescendo: desde que comienza el film sabemos qué es lo que puede llegar a ocurrir, pero no cuándo, ni cómo ni dónde. Tarantino tiene la especialidad de hacernos creer cosas que al final se resuelven de otra manera completamente distinta a la que nos imaginábamos. Y spoiler: nos deja satisfechos.

Por último, y más importante, el mismísimo amor por el cine. El director cuenta que desde joven veía todo lo que se le cruzaba en frente. Desde allí desarrolló, además de ideas sublimes, una locura por todo lo que fuera el séptimo arte. En casi todos sus filmes se hacen referencias a obras anteriores, rindiendo culto a las que lo inspiraron para dejar el también su legado indiscutiblemente propio. Además, todos sus trabajos están filmados con rollos de celuloide en vez de en formato digital. Una “carta de amor”, en sus palabras, a la industria.

Sin dudas, Once Upon a Time… In Hollywood enriquece todo lo que es el mundo tarantinesco que tanto nos encanta; es una historia más que nos gustará recordar, con interpretaciones que, aunque no ganen nominaciones ni premios, quedarán en nuestra mente como estelares, y una película que se suma a los must-see y listas de culto de cinéfilos.

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